
Esa ciudad de Buenos Aires no deja indiferente; amor o odio.
Odio a los porteños, esos parisinos de suramérica. Tan orgullosos de si-mismos y de su ciudad; tan prepotentes cuando hablan muy alto y con ese acento reconocible entre mil; tan subjetivos cuando nos venden Buenos Aires como el centro del mundo. Odio a esa megalópolis, cuyas desigualdades entre centro y suburbios son abisales, y que ya no tiene - o muy poco - nada suramericano.
Pero también amor, y tanto cariño. A esos mismos porteños, tan cálidos, exagerados y acogedores. A su pasión descabellada por el fútbol y el tango, sus dos orgullos. El fútbol, apasionante en su cuna de la Bombonera - el estadio amarillo y azul de Boca - listo para estallar a cualquier gol de Palermo. El tango, enloquecedor por su bella y lenta sensualidad, movimiento unido de dos cuerpos distintos. La Viruta, La Confitería Ideal, La Catedral... Che, que buenas milongas, hasta pude entrar con chanclas. Y amor a su centro, cuyos edificios antiguos, sus perspectivas largas y trabajadas recuerdan a veces París o Madrid; a su Casa Rosada y a sus Madres de la Plaza de Mayo, que desfilan cada jueves en la plaza en honor a sus hijos desaparecidos durante la Guerra Sucia - 1976-1983; a San Telmo y Palermo por su buena onda y parranda tardía.
En fin, a mi tampoco me dejo indiferente. ¿Si me gustó? ¡Che, me re-copó!
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